Baseball del Caribe

Continua preocupación por la ausencia de béisbol en Venezuela

Después de casi tres años en Venezuela por fin me decidí a ir a un partido de béisbol con un grupo de amigos autóctonos y extranjeros. Me había resistido hasta el momento porque, aparte de que no soy una gran fan de ningún deporte, el béisbol, siempre me pareció especialmente aburrido, y por supuesto, incomprensible.

Después de mi primera experiencia puedo decir que sigo sin entender absolutamente nada de las reglas del juego. Pero qué bien nos lo pasamos, ¿no? Y es que al béisbol hay que ir con amigos caribeños porque se trata de eso. De una costumbre «tan venezolana como la arepa, amiga. ¡Es pasión!», me diría Wendi, a la que yo llamo: «mi amiga más venezolana». Wendi es un torbellino de pasiones tricolor.

Para los no entendidos en el tema, la arepa, comida tradicional hecha a base de harina de maíz, es el clásico entre los clásicos del país. Wendi, por supuesto, las hace como nadie (cuántos desayunos famélicos tras una noche larga de viernes o sábado ha resuelto en mi casa) y las come a diario. Varias veces. Porque, aunque para un estómago extranjero la masa de maíz pesa, para uno venezolano es alimento como de comer ligero. Un snack entre un plato de pabellón criollo para el almuerzo.

El béisbol se da de la mano con su prima la arepa en lo que a tradiciones patrias se refiere y por supuesto, Wendi, como «mi amiga más venezolana», es una beisbolera-fan. Su equipo es el Navegantes de Magallanes, el equipo de la familia de su padrastro, con la que se crió, y también el equipo del expresidente Hugo Chávez, por cierto. Otro símbolo nacional incuestionable sea cual sea la preferencia política. ¿Cuántas fotos tiene Google de Chávez vestido del Magallanes bateando serio?

La tarde del partido, Wendi aparece en mi casa vestida para la ocasión, con todo el merchandising para el evento. Ánimo por las nubes (tampoco hace falta que vayamos al béisbol para que Wendi tenga la adrenalina por encima de las posibilidades de cualquiera), gorra y chaqueta de los colores magallaneros: azul y amarillo, para que se note a quien anima.

El partido es un dúo que podría considerarse un clásico: los Navegantes contra los Tiburones de La Guaira. Buenos equipos, o al menos eso me contaron para convencerme sin demasiada resistencia. «Vas a ver algo bueno», me decía a mí misma cuando me entraban las dudas sobre la invitación o la «flojera», como dicen aquí a la falta de ánimo para hacer cualquier cosa, a la vagancia en general.

El Magallanes es estadísticamente el segundo club más laureado de Venezuela y uno de los más importantes del Caribe. Su rival histórico es Leones del Caracas, con quien disputa el duelo de los eternos rivales. Los campeonatos y ligas de béisbol tienen casi tanta complejidad como sus normas. Son tantos y con nombres tan enrevesados que son difíciles de memorizar.

De los Leones es Maikel, el novio de Wendi, que también viene con nosotras al partido, aunque mucho más comedido en su vestimenta. Su equipo no juega hoy pero eso es lo de menos: la tarde (y la noche, porque los partidos de béisbol duran horas… ¡indeterminadas!) de juego es la excusa perfecta para compartir, beber cerveza, comer buena comida basura y olvidarse, al menos por un rato, de todo lo que pasa en el país. No hay crisis moral en el estadio.

Hay partidos casi todos los días desde que comienza la liga y la verdad es que no se me ocurría un plan mejor (seguir diciendo «no» podía terminar siendo sospechoso y contraproducente para nuestra amistad) para un día entre semana por la noche en una ciudad muy aburrida cuando cae el sol. Así que, si la propuesta era pasar un rato con amigos hablando de cosas divertidas… ¿qué podía salir mal? ¿Y qué importaba lo que hiciesen mientras tanto unos tipos con un bate, unos guantes un poco raros y unas pelotas delante de nosotros?

El ritual beisbolero

«Donde fueres, haz lo que vieres». Ese es mi lema absoluto de integración en mi condición de extranjera por el mundo que quiere caer bien y ser «una más», por supuesto. Así que dije «¡sí, quiero!», y nos fuimos caminando al estadio porque el partido empieza a las seis en punto de la tarde (y es lo único que empieza puntual en Venezuela) y a esa hora es imposible transitar en carro por Caracas porque el tráfico es imposible e «inmamable», si atendemos al argot venezolano, ya que estamos contando detalles de su cotidiano.

Caminar por Caracas no es ni lo más cómodo ni lo más seguro del mundo. Pero mi casa, desde donde salimos, no está lejos del campo y a esa hora, caminando en grupo, todavía puedes arriesgarte a llegar sano y salvo con el resto de la manada vigilante.

A las seis de la tarde suena el himno nacional y comienza la batalla. La gente llega cuando puede, sin prisas, porque total, quedan horas por delante. Relajados. Las inmediaciones del Universitario (así se llama el estadio de Caracas) son una fiesta de puestos de comida y venta de cerveza. De hecho, he de decir que es una de las ferias más organizadas que he visto desde que vivo aquí.

La cerveza está fría, la comida está buena, funcionan los «puntos» (datáfonos) y las tarjetas de crédito y débito pasan a la velocidad estimada como si de un país normal se tratase (en Venezuela, sueles pasar un buen rato esperando en cualquier comercio a que «pase la tarjeta». Esa es una de las explicaciones para las habituales colas que se forman en cualquier tienda o restaurante cuando vas a comprar cualquier cosa: la lentitud del aparato).

La variedad de opciones para el consumo a las afueras del estadio es sorprendente: desde la gastronomía más criolla hasta gyros griegos de pollo, carne o mixto, o la pizza de Carmelo Pizza, otro clásico italovenezolano por excelencia.

Decidimos comprar unas cervezas y algo de comida antes de entrar. Los precios son los mismos que en la calle: cerveza más o menos barata, a medio dólar el botellín (o quinto); comida cara, más la internacional que la local. Se me antoja uno de esos gyros made in la Grecia-caribe y pago 170 mil bolívares (unos 5 dólares y medio) por un enrollado de pan de pita lleno de pollo, salsas, especias y papas fritas crujientes. Es un tsunami de energía deportiva para la ocasión. Me parece que está bien de precio si lo comparo con cuánto costaría en Madrid o Atenas (lo mismo, más o menos). Obviamente es caro para el bolsillo común del venezolano, con un salario mínimo mensual de unos 10 dólares aproximadamente. Sin embargo, los puestos están llenos. Todos comen y beben en el béisbol.

Las entradas para el estadio son accesibles y mantienen precios populares, desde 20 mil bolívares la más barata (poco más de medio dólar al cambio) hasta las entradas VIP por 200 mil (unos seis dólares y medio). Nosotros hemos pagado 45 mil por las nuestras (un dólar y medio).

Una vez dentro del campo, seguir comprando comida y bebida a los vendedores ambulantes que se pasean por las gradas dando ánimos es parte del ritual. Angélica tiene 19 años y es su primer empleo. Gana 4.500 bolívares soberanos por cada cerveza que venda durante la noche (cada cerveza dentro del campo cuesta 22.000 bolívares, menos de un dólar al cambio) y un 20% del precio de las bolsas de chucherías que encasquete a cualquiera de los aficionados.

Angélica es simpática, porque le conviene y porque lo parece de verdad, y dice que (extrañamente) no le gusta mucho el béisbol. «Practico ciclismo», me cuenta mientras le pido una bolsa de Doritos radioactivos. En ese momento me parece una venezolana en extinción.

Las gradas están bastante vacías para mi gusto, pero no sé si es por la comparativa respecto a la imagen de los estadios de fútbol europeos que inevitablemente tengo en mi cabeza. Sin embargo, el ambiente es extremo y estimulante. Hay familias completas animando a uno u otro equipo, grupos de amigos que se reúnen durante la temporada de béisbol año tras año y algún que otro extranjero como yo un tanto perdido con la estampa. Vuelan los comentarios incomprensibles: «primera base-out», «carreras», «strike», «jonrón», «foul», «ponchado», «innings»…

Un día después de la maratón desconozco la mayoría de estos términos. Solo recuerdo que, en teoría, un partido normal de béisbol tiene 9 innings, traducidas como «entradas» en español y que son como los sets del tenis; pero que si algo va mal o hay un empate entre los equipos, para desempatar (porque no puede haber igualdad en este deporte) los innings pueden prolongarse indefinidamente. El récord mundial lo tiene un partido de más de dos meses de duración y 33 entradas. Aterrador.

Alfonso e Iris Ugarte son hermanos y pasan con creces los cuarenta pero vienen al estadio desde que son niños. Les traía su padre a ver a los Tiburones de La Guaira y, por supuesto, ese es el equipo al que están animando. Han venido con el hijo de Alfonso y con otros miembros de la familia. Son abonados desde hace 19 años. Es decir, hay una silla que lleva su nombre y no se pierden un partido.

A sus pies hay un par de cajas de cerveza. Se las está despachando el mismo mesero que dicen que atendía a su padre cuando eran niños. «Es nuestro proveedor oficial».

Ni Trump ni la política pueden contra el deporte rey

La Liga Venezolana de Béisbol Profesional (LVBP) ha sido tradicionalmente una de las más importantes del mundo pero este año ha sufrido un revés que le está quitando brillo.

El pasado mes de agosto, el presidente de EEUU, Donald Trump, en un nuevo paquete de sanciones contra Venezuela, impidió que jugadores que participen en la Major League Baseball (MLB, la liga de béisbol de EEUU), o Grandes Ligas, como se conoce en su traducción al castellano, puedan jugar en el país caribeño.

«Es como si en la liga española de fútbol impidiesen jugar a Messi o a otros futbolistas estrella», me explica Maikel, el novio de Wendi, para que entienda la dimensión del asunto. Además, este año, el calendario de la temporada se ha reducido y cada equipo jugará 43 partidos, 20 menos que la campaña anterior.

El partido entre los Magallanes y los Tiburones de La Guaira dura cuatro horas, aproximadamente. He perdido la cuenta de las cervezas que hemos tomado, la comida que hemos ingerido y los temas que hemos hablado entre nosotros y con los vecinos de fila, en las butacas de atrás, unos tipos serios que miraban nuestras arremetidas cuando saltábamos de nuestra silla, ya fuera para bailar el reggaetón del «entre-carreras» de los jugadores o la samba del grupo en vivo que acompaña a Los Tiburones, con semblante de preocupación. Les tapábamos constantemente el juego, pero nadie se queda quieto en su silla en un partido de béisbol y a medida que pasan las horas y los litros de jugo de cebada, menos.

Al final ganaron los de La Guaira y de qué manera. El equipo de mi amiga Wendi, el Magallanes, no puntuó nada en ningún inning, algo que le trajo tremendo «chalequeo» (otra palabra muy del slang venezolano que significa «tomar el pelo» a alguien) por nuestra parte.

Sin embargo, el final del partido fue una fiesta por ambos lados, algo que personalmente, me llamó mucho la atención. Venezuela es un país tremendamente polarizado en lo político, donde ser chavista u opositor marca y separa familias y amistades para siempre. En el estadio, sin embargo, un tiburón puede darse la mano y reír comentando el partido con un navegante, por ejemplo, y nunca hay una palabra más fuerte que la otra o un enfrentamiento serio por diferencias deportivas.

Salimos felices del campo. Bailando y con ganas de seguir arreglando el mundo charlando de nuestras cosas. El clima ayuda para que siempre apetezca estar en la calle en Caracas, porque es la ciudad de la primavera eterna. Hace años que no vivo en invierno y lo noto. Ahora, cuando bajo de 18 grados me siento en Siberia y se me ponen los labios morados. No es broma. Mis amigos se ríen de mí por eso y todavía me recuerdan un episodio bastante gracioso, cuando me dio hipotermia haciendo esnórquel en una playa del Caribe. ¿A quién le da hipotermia en el Caribe? Bueno. A mí.

Les pregunto si tenemos carro para volver a casa o si debemos llamar a un taxi. Wendi dice que el papá de Maikel trajo el carro al estadio y lo dejó aparcado en el estacionamiento. Perfecto, pienso. Y siento un momento umami, como me pasa muchas veces en Venezuela. Umami es una palabra japonesa que un chef acuñó para designar el sabor perfectamente delicioso. Algo sencillamente mágico y equilibrado en su ser de serotonina para las papilas gustativas de cualquier lengua.

Umami se usa como metáfora del placer perfecto para cualquier momento de la vida. Es como un carpe diem bien aprovechado, con consecuencias inauditas y sorprendentes. Venezuela tiene de esos momentos que nadie creería porque son pocos los que le dan esa oportunidad. Un partido de béisbol que dure horas, ganar o perder, y salir del estadio queriendo más es uno de ellos. Lo umami, además, permanece en la memoria como una postal breve de tu ciudad favorita del mundo. Es el cartero que siempre llama dos veces o el cartero de Neruda que esperaba paciente un autógrafo del poeta. Umami es Venezuela, donde absolutamente todo es posible e inexplicable en su decadencia perfecta.

FuenteÑ https://mundo.sputniknews.com/

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