Baseball del Caribe

Una Serie Nacional de Béisbol Cubano para olvidar

la pelota viene a entretener, a instalarse en el interés y la pasión de los cubanos, a jugar su rol como mayor pasatiempo nacional.

Lo hace en una coyuntura excepcional, la de la pandemia de la COVID-19, y eso significa que intentará curar algunos de los males emocionales causados por una enfermedad que inhibe un rasgo esencial del ser humano: la interacción social.

Ya sabemos que, al menos en principio, las puertas de nuestros estadios estarán cerradas y los equipos vivirán en una especie de “burbuja” para evitar contagios que afecten el cumplimiento del calendario o pongan en peligro la continuidad del evento.

No se trata de una medida fácil, ni deseada, pero comprensible y vital mientras el nuevo coronavirus siga haciendo estragos en el país. Tiene como referencias bastante exitosas lo dispuesto en las principales ligas asiáticas y en la mismísima Mayor League Baseball (MLB).

La 60 Serie Nacional de Béisbol (SNB), con arranque marcado el 12 de septiembre, exhibe —por el contrario— varios aspectos positivos fruto de la estrategia aprobada para el desarrollo de esta disciplina en el país, en la cual se reconoce su carácter insustituible como espectáculo masivo y plataforma para la búsqueda de resultados internacionales.

Esto último alude conscientemente a las dificultades que entraña articular los grandes circuitos del béisbol profesional con una liga nacional tan soberana como la nuestra, que lejos de acortarse al estilo invernal caribeño —o en medio de esta crisis global— apuesta por crecer y cubrir gran parte de la temporada.

Tal razonamiento no niega la pertinencia de la vigente política de contratación de atletas en el exterior —cuyos objetivos son incluso más amplios—, pero sí sostiene que rescatar los éxitos internacionales dependerá en gran medida de la fortaleza lograda por la liga doméstica.

La consulta popular realizada el pasado año arrojó la demanda de más partidos para cada conjunto, lo cual se hará realidad en la 60 SNB con un programa de 75 que dará paso a los play off de cuartos de final (1-8, 2-7, 3-6 y 4-5) y luego a las semifinales y la final.

La polémica selección de refuerzos, con elementos positivos y otros cuestionables desde su misma aprobación, se retrasará hasta las semifinales y será condimento adicional para el colofón que siempre inunda y apasiona al país.

La actualización del reglamento disciplinario del béisbol cubano, y el de la serie nacional en particular, representa un paso de avance si de ordenamiento se trata. Pondrá fin, por citar solo un ejemplo, al “sube y baja” constante de atletas a lo largo de la lid, fijando ese necesario proceso en tres momentos del calendario.

Las mejoras en los parques principales y alternativos, sobre todo en lo concerniente a las comodidades para los atletas, merecen elogios de una punta a otra de la Isla. También los vistosos abanderamientos celebrados y los esfuerzos de la industria nacional, que junto a las importaciones efectuadas y previstas, dotarán al evento de un avituallamiento adecuado.

Se jugará, de principio a fin, con la pelota TeamMate y bates elaborados en casa y el exterior. Por fin se resolvió el viejo reclamo de las casacas animadas con el nombre de las mascotas, como ocurre en varias ligas del planeta.

Esta vez, y desde el principio, el clásico no tendrá como premio para el campeón la asistencia a la Serie del Caribe de Béisbol, pero estará en juego algo a nuestro juicio más sagrado: integrar la preselección y luego el equipo que debe lidiar en el torneo preolímpico de América y —quizás— en uno posterior de carácter mundial.

Esa es otra de las razones por las que esta Serie resulta estratégica y necesaria incluso en medio de la pandemia. En el horizonte está la posibilidad (aunque compleja) de clasificarnos a la cita olímpica de Tokio, y de “engordar” la delegación cubana en general.

El proyecto de talentos no se detuvo durante el enfrentamiento al “invisible enemigo”, pues además de las conceptualizaciones y coordinaciones iniciales, se realizó un recorrido nacional liderado por Franger Reynaldo, válido para llevar a la práctica varios de sus postulados y metodologías.

Los expertos que darán seguimiento a los atletas de mayor futuro en el país están identificados, preparados y listos para cumplir su faena durante el certamen beisbolero.

En el plano competitivo otra vez apreciamos los ingredientes necesarios para el espectáculo: varias nóminas claramente favoritas (Matanzas, Camagüey, Las Tunas, Granma); otras con el empuje requerido para cobrar protagonismo (Pinar del Río, Industriales, Cienfuegos, Sancti Spíritus, Ciego de Ávila y Santiago de Cuba) y varias con aspiraciones de crecer y pugnar por la postemporada, a decir Mayabeque, Artemisa, La Isla, Villa Clara, Holguín y Guantánamo.

Se estrenan varios directores, conviven veteranos y noveles en los listados aprobados; y una serie de marcas, entre personales y para la justa podrían romperse desde este septiembre y hasta febrero venidero. El Juego de las Estrellas sigue previsto y alguna que otra figura de renombre dirá adiós oficialmente al deporte activo, en actos que los aficionados suelen recordar.

Con disciplina y comprensión por parte de todos, la voz de a jugar está muy cerca y puede desatar una “pandemia” de alegría y felicidad, tan necesaria en estos tiempos.

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