miércoles, 23 de septiembre de 2026
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El Quisqueya no es un estadio viejo: es la pieza que le falta al museo del béisbol dominicano

La posible demolición del Quisqueya obliga a discutir algo más profundo que el estado de sus gradas: qué memoria deportiva, arquitectónica y nacional está dispuesta a conservar la República Dominicana.

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¿Qué se pierde cuando se demuele un estadio que no solo recibió partidos, sino que marcó el comienzo de una nueva época? Esa es la pregunta que debería ordenar el debate sobre el Quisqueya-Juan Marichal. Reducirlo a una estructura antigua enfrenta nostalgia contra modernidad; reconocerlo como patrimonio obliga a evaluar qué parte de la historia del béisbol dominicano todavía puede seguir siendo útil.

La cronología le concede un peso excepcional. La construcción del entonces Estadio Trujillo fue anunciada oficialmente en 1951, y el parque fue inaugurado el 23 de octubre de 1955.

La apertura reunió a 14,383 fanáticos pagados y fue presentada como el inicio de la llamada Época de las Luces. No se trata únicamente de una fecha inaugural: el estadio condensó el salto del béisbol dominicano hacia una infraestructura de mayor escala y visibilidad.

También hay una dimensión arquitectónica difícil de separar de la política. La obra costó RD$3.2 millones, fue ejecutada en 11 meses y contó con planos de la firma estadounidense Marr and Hollman, además de supervisión extranjera y dirección local.

Su origen está ligado al régimen de Trujillo, un hecho que no debe maquillarse. Pero conservar un edificio no equivale a celebrar todo lo que representa su contexto de nacimiento; puede significar, precisamente, exponerlo y explicarlo.

La alternativa razonable no tendría que ser conservar cada asiento intacto ni convertir el recinto en una pieza congelada. Un museo vivo podría combinar exhibiciones sobre la evolución de la pelota, recorridos históricos, aulas, archivos, actividades comunitarias y usos deportivos. La comparación útil no es entre ruina y estadio nuevo, sino entre una demolición irreversible y una reutilización capaz de mantener el lugar activo.

Aquí aparece el límite de la evidencia disponible: no hay en este expediente una auditoría estructural, un presupuesto de rehabilitación ni un estudio de demanda que demuestre la viabilidad económica del proyecto. Tampoco se documentan modelos internacionales concretos para medir qué adaptación sería más eficaz. Por eso, preservar no puede ser un acto sentimental sin plan; requiere diagnóstico técnico, costos transparentes y una curaduría rigurosa.

Pero la falta de esos estudios no elimina la pregunta central: los estadios nuevos pueden ofrecer mejores servicios, mientras que el Quisqueya posee algo que no se reconstruye con acero y concreto: una concentración singular de memoria deportiva. Antes de derribarlo, el país debería decidir si quiere reemplazar esa memoria por un edificio funcional o convertirla en una experiencia pública para las próximas generaciones.